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  Alexis Díaz de Villegas: Actuar desde la libertad  
Por: Norge Espinosa Mendoza
09 de Diciembre, 2006
Alexis Díaz de Villegas: Actuar desde la libertad Me ha costado lo que nunca concertar esta entrevista, a punto he estado de poner por el piso la amistad que me une a Alexis Díaz de Villegas para obtener sus respuestas. Únicamente el saberlo colmado de trabajo, y al mismo tiempo enredado en sus labores de padre, me han concedido la suficiente paciencia como para esperar sus palabras. Ahora mismo ha ganado por tercera vez el Premio de Actuación Masculina en Camagüey, algo sin precedentes, y aparece en el elenco de Arte, una de las dos obras que presenta Teatro El Público. He aquí lo que me cuenta este guajiro de Cumanayagua, hoy el actor más respetado de su generación en Cuba.

Todo parece comenzar, según tu curriculum, con un espectáculo que dinamitó el panorama teatral cubano a fines de los 80. El estreno de La cuarta pared, dirigida por Víctor Varela, te coloca en la primera línea de visibilidad de ese instante. ¿Cómo se produce tu contacto con Víctor y su poética particular?

En el año 1984 comienzo a estudiar en la ENIT, después de haber desaprobado los exámenes de ingreso en el ISA. Estando en primer año, hubo un festival de escuelas de arte en el Yarey, Oriente; y gracias a ese festival conocí a Víctor Varela, Alcibíades Zaldívar y Bárbara Barrientos, y de alguna manera me sentí conectado a eso que Víctor empezaba a proponer. Al año siguiente, los tres vinieron a La Habana, como profesores en la escuela donde yo estudiaba y Baby a estudiar en el ISA. A partir de entonces ya la relación se fue estrechando y cuando vi Los Gatos supe que por ahí quería ir. En el 87 comenzamos a reunirnos para entrenar y hacer lecturas colectivas, ir juntos al teatro y debatir las puestas, ver ciclos de cine, etc. De esos encuentros salieron principios que después estuvieron presentes en nuestro primer espectáculo, La Cuarta Pared, y pusimos nuestros cuerpos y nuestras voces al experimento de pasar por todas las estéticas posibles. Bebíamos de todos los lugares y con una tremenda avidez, desde Ouspensky y Castaneda, hasta Piscator y Boal. Meyerhold, Stanislavski, Kurosawa, Tarkovsky... Queríamos comernos el mundo y creo que con La Cuarta... abrimos una puerta por donde entramos para transitar un largo trecho. Éramos una familia teatral y la máxima de Artaud: CRUEL A MI MISMO, encarnaba en nuestro comportamiento diario.

Teatro Obstáculo te mantuvo en su elenco prácticamente hasta que su director sale a trabajar a la Argentina. Quiere decir, que estuviste interpretando personajes como el Héroe, de la Ópera Ciega; el Segismundo de Segismundo ex Marqués, y así, hasta el El Arca. ¿Qué perdura en ti de lo aprendido con Víctor Varela, qué aportó la dinámica de intercambios que sostuviste con su poética y su training hasta hoy?

Los mismos principios para el cuerpo y la voz con los que trabajaba en aquel entonces son los que aún hoy utilizo para crear los personajes que encarno, aunque más escondidos, más depurados. Creo que hasta en el teatro más realista que haya hecho no he perdido el sentido de la teatralidad, el trabajo con el equilibrio, el control del peso y la compensación, el control de la energía. La condición de prestar el cuerpo al personaje, el sentido del sacrificio y el rigor, la inconformidad. Si en el año 96 la interrogante era: cómo puedo poner toda esta técnica extracotidiana, si se quiere, al sevicio de un teatro más realista; ahora me estoy preguntando todo lo contrario: cómo volver a mis orígenes, a mi primer día de teatro con todo lo que he acumulado en los siguientes diez años. Te juro que ya el bichito me está dando demasiada cosquilla.

Después de un determinado período de búsquedas en solitario, que incluye tu diálogo de trabajo con Vicente Revuelta en El Trac o La zapatera prodigiosa, reapareces integrado a la labor de diversos directores. ¿Cómo se produce esa serie de colaboraciones, y cómo el actor que eres se encamina a senderos tan diversos sin perder nunca su individualidad, que te hace perfectamente reconocible en cualquiera de esos medios?

Mi encuentro con Don Vicente se produce luego de haber hecho La Cuarta... Un amigo común me lleva a su casa. A partir de ese momento comenzamos a encontrarnos durante casi tres meses. Hacíamos como una especie de psicodrama o exorcismo donde yo tenía un tiempo en soledad para meterme en los recovecos de mi alma, y llegar a profundidades que a veces me asustaban. Una vez allí él actuaba como comodín asumiendo roles de mi familia que él intuía que yo necesitaba para establecer una relación. Un buen día dejamos de vernos, y nuestro próximo encuentro sucedió seis años después en mi natal Cumanayagua, durante el ensayo general de El Trac. Vicente había ido en una comisión para evaluarme como actor, y después del estreno me propuso hacerlo en La Habana, y nos fuimos a la misma casa donde años atrás habíamos comenzado a trabajar. De estas noches de El Trac vino mi encuentro con Omar Pérez; Omar se interesa en lo que ve y comenzamos a colaborar los tres, colaboración que se materializa en lo que se llamó el proyecto Chispa. Donde mismo se ensayaba y/o entrenaba, se practicaba zazen y los del teatro hacían zazen y viceversa, se entrenaba sobre los principios de Zeami, investigábamos el sentido de la fiesta, el teatro como fiesta, aparecieron los tambores, los cantos de palo y bembé, versos de Calderón cantados en rumba, se hacían los entrenamientos de Teatro Obstáculo, se estudiaba a Brecht, Stanislavski. Cada quien enseñaba lo que tenía y apareció la idea del guía, el aprendiz y el aprendiz de aprendiz. Uno podía ser guía en un momento y al minuto siguiente podías ser aprendiz.

En el 98 comienzo a trabajar en Argos, durante el proceso de El Alma Buena de Sé Chuan. Había tenido la oportunidad de ver La Tríada,y creí encontrar algo cercano a lo que yo traía del Obstáculo. Ya en La vida es sueño, Celdrán y yo comenzamos una colaboración más estrecha, aquí sin perder la teatralidad comenzamos a tratar de bajar el verso a un tono más coloquial, y salirnos de esa manera tradicional de decirlo. Creo que después, con Strindberg, es que encontramos el verdadero dialogo de trabajo, y la relación evolucionó hacia otros caminos quizás más realista, más cinematográfico, con otro sentido de la teatralidad. Carlos Díaz fue mi profesor de dramaturgia de la ENIT. Veo su Trilogía de Teatro Norteamericano aún estando yo en Obstáculo, y me resultó muy excitante la zafiedad de su propuesta; pero en esa época yo era demasiado radical en cuanto a gustos teatrales y creía ferozmente que el único teatro que debía hacer era el que hacíamos con Víctor. Así que concretamente mi acercamiento vino más tarde en el 2000 con La Gaviota; época en que ya había abierto las puertas a nuevos caminos, a nuevas estéticas, incluso aunque después las rechazara. En Carlos Díaz reencontré el sentido de la fiesta, el teatro como lugar de diversión, una diversión que te conduce a la reflexión. Ese entrarle a todo con la mente abierta me llevó a incursionar en el cine, la televisión. Kiki Alvarez había visto casi todo mi trabajo con Varela y nos acercamos mucho al pasar de los años. El saber lo que se quiere a cada momento para luego olvidarlo, crear realidad en lo que se hace aún cuando estés haciendo el trabajo más extracotidiano, verlo todo con mirada de niño sin perder nunca la capacidad de asombro, saberse aprendiz, repetirse constantemente las eternas preguntas: quién soy, de dónde vengo y hacia donde voy, es lo que ha hecho que ese actor que soy pueda mantener su individualidad, ya esté trabajando con Víctor Varela, Vicente Revuelta, Celdrán, Carlos Díaz, Kiki Alvarez, o con Rogelio París en la más reciente Kangamba.

Tu colaboración con Carlos Celdrán ha ido convirtiéndose en un pilar de tu trayectoria, siendo él un director que ahora mismo pareciera estar en las antípodas de la búsqueda extra-cotidiana de Víctor Varela. ¿Cómo ha progresado esa relación, que ha estimulado ese trabajo conjunto en tu carrera, y cada uno de esos espectáculos en particular?

La investigación ha sido el punto más fuerte en esta relación, el ser meticulosos en ir encontrando poco a poco los sentidos ocultos de un texto e ir develándolos en la pauta del actor. Con Celdrán he ido en mi proceso como actor a la reducción, a cómo mantener una carga emocional fuerte y retener la expresión al máximo, contención, ser en la acción. El Juan de La Señorita… era un excelente personaje para contener y luego soltar, para retenerme y luego dejarme ir. Tenía toda una primera parte en la que no podía hacer visible mis verdaderas aspiraciones o ambiciones pero a la vez debía haber una solapada conducta que, por detalles, delatara al espectador la explosión que vendría después. La Señorita…, para mí fue un verdadero ejercicio de contención, al igual que el personaje de Un enemigo del pueblo, que me obligaba encontrar diferentes registros para transmitir ideas y conceptos muy parecidos a los que tenia que transmitir en Pasolini. Eso era un reto aunque, lo confieso, en un inicio me resultaba difícil entrarle a la obra, y le fui haciendo rechazo, hasta que poco a poco fuimos desentrañando las sutilezas del personaje, sutilezas que lo diferenciaban totalmente de Pasolini. En Vida y muerte… qué sucede, que era un personaje que tenía un registro más amplio, un texto contemporáneo, escrito a fragmentos y sobre alguien que existió con una obra concreta al alcance de nuestras manos. Aquí la relación de trabajo, el espectro de posibilidades a la hora de dialogar era más amplio; mi propio andar a la deriva me había creado un amplio diapasón a la hora de encarar un personaje; y esto permitía que perfectamente le entráramos a una escena desde una postura que había visto en una foto de Pasolini, o desde un estado emocional, o bien desde la situación… Carlos tiene una capacidad muy grande para darse cuenta de los puntos de mentira del actor sobre el escenario, y hace mucho hincapié a todo momento en estar creando realidad; si miro veo de verdad, si toco palpo, si me duelo me duelo de verdad, de algo muy concreto. Creo que nuestro trabajo en conjunto ha tenido puntos de encuentros y entregas, inspiración, desasosiego, trabazón, requiebros y desencuentros; aprendizaje, progresión. He aprendido algo, creo que sí: aunque cuando tengo que enfrentarme a otro personaje tengo la vívida sensación de que no sé absolutamente nada.

Uno de mis mayores placeres, lo confieso, como asesor de El Público, es llegar a un ensayo y encontrarte literalmente fajado con un parlamento que en el ensayo anterior ya parecías haber resuelto: esa voluntad indoblegable de replantearlo todo cada día me hace admirarte como tal vez no confesaría a otros. ¿Estás consciente de que ahora mismo eres un modelo para las nuevas generaciones de actores y público cubano? ¿Puedes medir el peso de esa responsabilidad?

Honestamente, no soy consciente del todo. Tengo como una especie de conciencia de nebulosa desde donde puedo percibir los ecos de eso que me dices. A veces creo que yo me escudo un poco detrás de esa nebulosa para, precisamente, no tener el peso de esa responsabilidad y poder trabajar con una mayor libertad.

Fuente: Entretelones, Boletín del CNAE
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